Cine/Imagen/Pensamiento

Sobre ”The Clock” y otras formas de matar el tiempo

Fragmento de ''The Clock'' de Christian Marclay

Fragmento de ”The Clock” de Christian Marclay

¿Qué es el tiempo? ¿Es un calendario, las oscilaciones de un péndulo, el movimiento de las manecillas de un despertador? ¿O quizás se parece más a los relojes ”deshidratados” de un paraje desértico? ¿Es posible restringirlo a una sucesión de momentos, o debemos entenderlo como algo mucho más libre y voluble? Desde el tiempo aristotélico como sucesión infinita de instantes, hasta Bergson, que rechazaba la idea de un tiempo cuantificable de manera matemática y geométrica, llegando a afirmar que ”el tiempo es invención o no es nada en absoluto”; han sido muchos los intentos a lo largo de la historia de esclarecer la naturaleza de este concepto. Replantearnos y reflexionar sobre algunos de estos aspectos es una de las oportunidades que nos ofrece The Clock de Christian Marclay.

León de Oro de la Bienal de Venecia en el año 2011 y actualmente en exposición en el museo Guggeneheim de Bilbao hasta el 18 de mayo, esta videocreación supone la, hasta ahora, última y más importante pieza en la carrera del artista norteamericano. Marclay, a pesar de tener un itinerario artístico más vinculado a la composición musical, repite en esta obra muchos de los leitmotiv que lo acompañan a lo largo de su trayectoria, a saber: el trabajo a partir del fragmento, la composición a través de la descontextualización de materiales procedentes de otras obras, la reflexión en torno a los conceptos de narración o tiempo mediante estrategias como la repetición o la reproducción en bucle…etc. El resultado en The Clock es una faraónica pieza formada por miles de cortes de distintas películas de la historia del cine, que se unen en un montaje continuo de 24 horas en el que el tiempo fílmico se iguala al tiempo real, coincidiendo exactamente con la hora local del lugar expositor. Esto se muestra al espectador a través de los distintos relojes o elementos temporales que aparecen en cada una de las secuencias elegidas, señalando cómo la hora que transcurre en la película es exactamente la misma que el espectador está viviendo en la sala.

Mucho se ha escrito y se sigue escribiendo sobre esta cinta, que ha sido señalada por la crítica especializada como una verdadera obra maestra de la videocreación contemporánea. Y no es mi intención disentir. No obstante, no quisiera recaer en el análisis de ciertos aspectos que han sido ya desmenuzados hasta la extenuación, como son su valor de panegírico cinematográfico, o su mensaje-recordatorio acerca de todo el tiempo que pasamos sentados delante de la pantalla de la televisión o del ordenador. Me remito en este punto a las críticas, ambas en The New Yorker, de Richard Brody y Meghan O’Rourke

Lo que me interesa de la obra de Marclay en particular, y del arte en general, es su capacidad para transmitir una necesidad de replantearnos ciertos convencionalismos sociales establecidos, de estimular una reflexión que desciende, en este caso, hasta las profundidades del tiempo como concepto, que nos permite recalar en la existencia cotidiana como objeto de análisis y fascinación. Es el cine en este caso, pero en definitiva el arte, el que nos otorga la posibilidad de percibir otra realidad, lejos de artificiosas construcciones culturales.

''Fresas salvajes'' (1957) de Ingmar Bergman

”Fresas salvajes” (1957) de Ingmar Bergman

¿Es entonces el arte como decía Picasso, ”una mentira que nos ayuda a ver la verdad”? ¿O quizás no exista esa pretendida separación como tal, sino que al contrario ”la verdad pervive [y convive] en el engaño” como señaló Schiller? En cualquier caso, que el hombre solo busca y reconoce la certeza en las cosas agradables ”que mantienen la vida”, mientras permanece ”indiferente al conocimiento pleno” es algo que ya sabía Nietzsche, como también que quizá solo ”mediante el olvido puede el hombre alguna vez llegar a imaginarse que está en posesión de una ‘verdad”. Es a este olvido de las convenciones sociales al que nos invita el verdadero arte. Porque el tiempo en su concepción lineal, en su rítmica y en su mensurabilidad, no existe más que como una construcción, como la antropomorfización de una realidad compleja, imperceptible o ininteligible; un orden que el hombre arroja sobre el mundo para hacerlo tranquilizadoramente comprensible.

No se trata de buscar una evidencia científica ni absoluta, sino de contemplar la vida en una dimensión más plena, lejos de las propias restricciones que como seres nos vienen impuestas. El arte nos ofrece así, con una claridad extensiva, de manera sintética; una conciencia de la existencia mucho más rica y matizada. Personalmente, creo que he aprendido (o mejor, ”desaprendido”, o al menos me he cuestionado) más acerca del tiempo con Borges y Resnais, de lo que he podido hacerlo con Einstein o Heidegger. El Jardín de los senderos que se bifurcan, L’ annèe derniére à Marienbad etc. nos hablan de un tiempo que se dilata, que se desdobla, un tiempo que se entrecruza y que explora todas las posibilidades narrativas y vitales; y que se nos presentan apenas en un golpe de vista.

Porque la realidad se asemeja más a eso que a nuestra conciencia unidireccional. El tiempo es permuta y es confluencia, es variación y es superposición. Por eso, el hombre, alterna y aúna en sí mismo la eternidad del instante con el presente caduco, la pérdida del pasado con la permanencia de sus valores, la fragilidad del futuro con la esperanza que lo promete. Nuestra vida se parece menos a una línea recta que a un cuadro de Tiziano.

La obra de Marclay, si bien pone el acento en una narrativa basada en esa estructura, medible a través del paso de los minutos; nos ofrece una segunda posibilidad de interpretación: la de un tiempo (expositivo y vital) elíptico, circular, en constante renacer, sin pausas, que vuelve a comenzar una y otra vez siempre de la misma manera. Por otro lado, el fragmentario montaje del film, y el hecho de que cada secuencia vaya acompañado de un elemento referencial temporal vinculado a una situación de tensión en la película seleccionada; desemboca en una constante dramatización del tiempo, en una puesta en valor del instante fílmico. Es este instante el que da magnetismo a la cinta, el que hace que los espectadores se queden absortos ante la pantalla, sabedores de que están presenciando algo único, intenso, el ”momento supremo” al que cantaba Fausto, y que valdría la pena repetir una y otra vez, como si de un manifiesto del Eterno Retorno nietzscheano se tratara.

En una sociedad capitalista en la que incluso el tiempo ha sufrido un proceso de capitalización, en la que los avances tecnológicos no repercuten en un aumento del tiempo libre, sino al contrario, en un aumento del ritmo de vida que tiene en la prisa su estado natural, y en la que ingenuos exégetas del Carpe Diem entienden el aprovechamiento del momento solo a través de su consumo, The Clock nos invita a abrazar el instante, a aprehender cada segundo, mientras nos entregamos al fluír lento y sigiloso de las imágenes. Por esto, y por todo lo anterior, es The Clock, y el arte en general, algo tan necesario, porque consiguen que ”perder el tiempo” sea quizás una forma de encontrarse a sí mismo.

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Un pensamiento en “Sobre ”The Clock” y otras formas de matar el tiempo

  1. Veo yo por acá mucho de situacionismo (en el final, claro) (el resto no lo he leido)

    Preciso tiempo necesito ese tiempo
    que otros dejan abandonado
    porque les sobra o ya no saben
    que hacer con él
    tiempo
    en blanco
    en rojo
    en verde
    hasta en castaño oscuro
    no me importa el color
    cándido tiempo
    que yo no puedo abrir
    y cerrar
    como una puerta

    tiempo para mirar un árbol un farol
    para andar por el filo del descanso
    para pensar qué bien hoy es invierno
    para morir un poco
    y nacer enseguida
    y para darme cuenta
    y para darme cuerda
    preciso tiempo el necesario para
    chapotear unas horas en la vida
    y para investigar por qué estoy triste
    y acostumbrarme a mi esqueleto antiguo

    tiempo para esconderme
    en el canto de un gallo
    y para reaparecer
    en un relincho
    y para estar al día
    para estar a la noche
    tiempo sin recato y sin reloj

    vale decir preciso
    o sea necesito
    digamos me hace falta
    tiempo sin tiempo
    Tiempo sin tiempo-Mario Benedetti

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