Artes figurativas/Imagen

¡La imaginación al poder!

Mira la manzana, mira el melocotón

como se me ofrecen en ambas mejillas

redondos y llenos de vida

Fijate en mis ojos

de color cereza uno

el otro de color de mora.

No te dejes engañar, es mi cara.

Poema de Gregorio Comanini para describir el retrato de Arcimboldo a Rodolfo II

 Giuseppe_Arcimboldo,_Reversible_Head_with_Basket_of_Fruit,_c._1590,_oil_on_panel

A veces ocurre cuando contemplamos las nubes. Ocurre que, en vez de nubes, concebimos perros, dragones y flores. Donde solo existe agua en estado de condensación, nosotros intuimos formas que, tras un largo -y a veces forzado- esfuerzo, se muestran vulnerables a esa capacidad tan nuestra que nos previene de la posibilidad de que el mundo sea, en realidad, caótico: la imaginación.

La imaginación nos salva de lo desconocido, pero también nos atormenta. Nos complica la vida sobremanera y nos sumerge en un mundo de posibles poco probables que, paradójicamente, abren el camino hacia el entendimiento que todos quisiéramos rigiese nuestra pequeña realidad. A veces ocurre que esta exótica cualidad del ser humano permite usar los objetos comunes como excusa para la reflexión sobre ellos mismos (Kant, Crítica de la razón pura), posibilitando, así, la creación de una nueva realidad, que para algunos se alza como la verdad más absoluta (Fichte). Se convierte, pues, en coherente todo lo que, para salvarnos del estado de ignorancia, necesitamos que lo sea.

Sirva como ejemplo más que fiel de ello la curiosa obra del pintor italiano manierista Giuseppe Arcimboldo, protagonista de una muestra que tuvo lugar el pasado marzo en la Fundación Juan March de Madrid y a quien, a raíz de una atrevida y didáctica iniciativa pontevedresa, se le vuelve a rendir homenaje en el Salón del Libro Infantil 2014. Sus características teste composte o “cabezas compuestas” -a partir de frutas, flores y objetos varios- parecen reflejar la consecuencia más radical de la distinción naturalmente kantiana entre “imaginación reproductiva” e “imaginación productiva”.  Arcimboldo reproduce frutas, flores y objetos cotidianos pero, por alguna razón todavía ajena a la mente humana, produce la sensación de que realmente nos encontramos ante figuraciones “realistas” que, por otra parte, sin duda coquetean jocosamente con el poético mundo de la metáfora. Percibir no es lo mismo que imaginar y, por extensión, reproducir no es lo mismo que producir.

Es decir, ¿no ocurre lo mismo cuando observamos los cuadros de Arcimboldo que cuando contemplamos las nubes? Kant definió la imaginación como “capacidad intuitiva espontánea de colocar lo que se nos presenta bajo la forma de una experiencia coherente espacio-temporal”, dejando atrás la ignorancia, con la esperanza –y la necesidad- de hacer el mundo un poco más comprensible a nuestros ojos. Donde sería posible percibir únicamente nubes o bodegones, nuestra mente decide ver perros, gatos y figuras humanas. La imaginación no se queda con la sensación primera, sino que avanza hacia la creatividad. Es por eso que, el citado filósofo, situaría a la imaginación como mediadora entre la percepción y los conceptos, es decir, entre aquello que observamos y aquello que aspiramos a comprender; entre el sentido y el pensamiento.

Contemporáneo de Tiziano o Tintoretto, el pintor manierista Arcimboldo decidió apostar por un estilo más innovador, creando un sistema de representación en dos tiempos (Barthes, Arcimboldo): uno primero que representa las formas de una serie de objetos –frutos, flores…-, y un segundo que reflexiona una segunda forma –figura humana-. La imaginación posibilita la síntesis. Entonces, si tuviésemos que describir con breves palabras la temática sobre la que Arcimboldo crea su obra, ¿diríamos que pinta bodegones o, por el contrario, rostros humanos? Parece evidente que la verdad absoluta rehúye a esta respuesta. Quizás su mejor solución –en un intento desesperado por ascender a la superficie de lo cognoscible- la encontremos al agarrarnos al temerario y romántico juicio que Baudelaire emite, como si de un clavo ardiendo se tratase: la imaginación es “la reina de lo verdadero”.

Es un hecho que imaginamos porque queremos. Sin embargo, resulta apasionante hasta qué punto, desde la perspectiva idealista kantiana, esta facultad del individuo se hace a veces necesaria para el conocimiento objetivo de lo que necesitamos albergar bajo nuestro control. Quizás podamos ver en la puesta en común de las teorías idealistas y la obra de Arcimboldo una llamada de atención para los que, como buenos realistas, a veces se olvidan de lo que pueden ver cambiándose de gafas. Arcimboldo vivió en su propia piel el famoso lema “la imaginación –o la libertad- al poder” -Mayo del 68- y así se lo ha transmitido a Alfred H. Barr –fundador y primer director del MOMA- quien, no sin razón, decidió incluir a este intrépido artista como uno de los precursores más precoces del Dadá y el Surrealismo.

Parece justo que la imaginación haya sido considerada como la mayor expresión de libertad del ser humano. Quizás, por ello, la ambición imaginativa del hombre no haga sino reflejar ese deseo de libertad como una de las necesidades primarias que nos acompaña desde que nacemos, sin la cual el arte, al igual que la vida, quedaría dictaminado por el absolutismo de la objetividad.

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