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“Auga doce”, sabor amargo.

El 21 de Marzo en el Monte Gaiás se inauguró “Auga Doce”, una exposición que, según la organización, “redescubre la belleza del agua dulce a través de grandes maestros del arte”. Me interesé por el proyecto porque en Santiago, comisariar una exposición sobre el agua, se aproxima mucho al precipicio del tópico. A su vez, parece un reto escoger como contenedor las formas orgánicas tan marcadas de la obra de Eisenman. Decidí salpicarme un poco de la poética del folleto y acercarme a Cidade da Cultura. Iba con la esperanza de que la muestra se acoplara a un edificio de estas dimensiones. La empresa no parecía fácil, y yo quería zambullirme en ella librándome de mis prejuicios hacia esa arquitectura.

Al llegar, me encontré con una exposición que responde a cuatro planteamientos diferentes, y cada uno de ellos, dispuesto en una planta distinta del edificio. Así es que la exposición empieza en el subsuelo con Auga escondida, donde se presentan aparatos utilizados en prácticas de radioestesia, fotos antiguas de balnearios gallegos, y carteles de aguas minerales. Todo ello, lejos de aportar algo nuevo, acaba por menguar la obra de Piranesi, Helder da Rocha o la videocreación de Lois Patiño. Las piezas se exponen sobre una pared de un azul tan oscuro, que absorbe la poca iluminación existente, y dificulta bastante la visión de las mismas.

Subimos de nivel y aquí el tema es Auga na terra, donde se propone un recorrido por los ríos del mundo empezando por Galicia; Ninfa do Miño de Francisco Leiro, nos adentra en el laberinto de stands que busca simular un curso fluvial. Se expone aquí una obra de Granell, y al lado y contra todo pronóstico, dos carteles patrocinadores del descenso del Eume celebrado en 2005. No sé si es que yo no entiendo la broma, pero los criterios que han llevado a colocar eso así, francamente, se me escapan. Pasamos al siguiente stand, y abandonando Galicia empieza el batiburrillo: pinturas y objetos de distintos lugares del mundo, originales y copias, y casi más lo segundo que lo primero, se exponen encerradas en grandes vitrinas verticales.

Es el galpón de un chamarilero, un montón de objetos mezclados que parecen ser el medio y el fin de toda la muestra. Los stands se reparten en una extensión tan pequeña que no hay espacio para la afluencia de visitantes que tiene la exposición, debido al bombo publicitario que la acompaña, ni para observar las obras con un poco de margen. La iluminación sigue siendo muy pobre, el color de la pared continúa en tono oscuro, y las cartelas no están siempre lo suficientemente visibles.

No pretendo cuestionar el intento de hacer una muestra más o menos ilustrativa mediante piezas sin un elevado valor artístico o histórico. Lo que no apruebo es ilusionar al visitante, ofreciendo algo que luego no va a ver. Se muestran objetos propios de un bazar con obras de autores reconocidos. Todo esto, lejos de enriquecer la visita, deja en un segundo plano aquello que merece el clamor del público.

Es en el último tramo de esta planta, donde encontramos parte de aquello que prometían; el tema de Grandes Paisajes, se ilustra con obras como Ihne Titel, de Gerhard Richter, (1982), que por su tamaño y la fuerza de los pigmentos, se impone sobre todo lo anterior. El Arte esquimal y aborigen australiana, con dos delicadas acuarelas de Jessie Oornak que endulzan la vista y suavizan la decepción anterior. Efectivamente es gracias a ellas que voy a ablandarme un poco. Me voy a la siguiente planta con mejor sabor de boca.

La obra de Daniel Canogar, Vórtices (2011), inicia el tercer piso, Auga e Home, de forma sorprendente, pero la ilusión dura poco. Una mesa llena de artilugios de ingeniería hidráulica acaba por convertir la sala en una ferretería antigua. El botijo es el producto estrella, muchos de ellos excelentes, no cabe duda, pero demasiados al fin y al cabo, y demasiado cerca unos de otros. Aquí se evidencia uno de los grandes errores de esta muestra; aislar una obra para disfrutarla en sí misma, se hace prácticamente imposible. Tanto es así, que se pierden entre los artilugios obras como el poema visual de Joan Brossa, que bien podría estar con Jorge Perianes o Oscar Kokoscha, aunque este último torpemente escondido. De nuevo vemos aquí los autores importantes en el último tramo de la sala, pero desgraciadamente, la trampa de la sorpresa final no funciona como antes, y el sabor es cada vez más amargo.

En la sección de Auga no espazo, se guardaban un as en la manga. Aaron Morse convive sin problema con la obra de David Hockney o Louise Bourgois y nada parece desentonar demasiado. Hay más orden y coherencia en la disposición de las obras. Puede que tanto paisaje nevado agote un poco la retina entre los maestros contemporáneos, pero no es nada disparatado.

En cualquier otra ocasión, no habría expuesto mis argumentos diseccionando la muestra por niveles, pero aquí, aun a riesgo de aburrir al lector, lo hago para denunciar la carencia principal de la exposición: la falta de unidad a lo largo de toda la visita, pues no llega con pintarlo todo del mismo color azul. A esta exposición le falta sentimiento, poesía. Agua y arte no se dan la mano, no transmiten lo que ofrece, y redescubrir la belleza del agua dulce me parecía más fácil al mirar por la ventana e imaginarme la lluvia.

Desconozco los motivos para hacer semejante exposición. Ni siquiera en el making of los propios realizadores son capaces de decir algo nuevo, que no se resuma en la insulsa frase de que La lluvia, en Galicia, es arte. Se han borrado del mapa los criterios más básicos de iluminación, espacio, orden y contenido, y por extensión, todos los principios para hacer de este arsenal de cachivaches, una exposición en condiciones. El valor de las grandes obras ha quedado menguado entre las 700 piezas, cifra que tanto los responsables como la prensa, se han preocupado de repetir una y otra vez. El éxito no debería estar en la cantidad, sino en la calidad de lo que se ofrece.

No podemos obviar el tema y hacer que no pasa nada. La Xunta se ha gastado medio millón de euros en esto. Medio millón de euros que se han recortado de otros actos culturales, para intentar revalorizar este edificio que nos está llevando a la ruina desde que Eisenman ganó el concurso para el proyecto del Gaiás en 1999. Esta exposición deslavazada y sin contenido, es un intento para sacar del pozo un edificio que nació sin función ni utilidad, y no parece que vaya por el camino correcto para conseguirlo. Aun así, los que manejan el cotarro no se rinden, y después del agua llegará el fuego, y luego, el aire. Y yo ya estoy temblando.

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Un pensamiento en ““Auga doce”, sabor amargo.

  1. Cuando algo empieza mal termina peor… el pretexto del agua y ala a juntar obras. Yo también me llevé una desilusión después del bombo que le habian dado.

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