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¡Mamá, quiero ser artista!

Como una pandemia televisiva, así se han ido propagando los Talent Shows por la “caja tonta”. Son actualmente uno de los programas con mayor éxito y audiencia, que no responde a un formato insólito, pero que ha evolucionado hacia una feria de variedades donde todo parece tener cabida. Siempre bajo el pretexto de la búsqueda de talentos desconocidos.

El concepto tradicional de talento remitía a un don, esa capacidad mágica y ese mito de verdad artística que había emergido de corrientes kantianas (Hegel, Schopenhauer…). Talento artístico como veneración religiosa, misteriosa e injustificada. Esta es la principal excusa de estos concursos, la búsqueda del “Factor X”. El juicio se realiza mediante el componente subjetivo y democrático (votación del público) combinado con la verificación de ese arte por parte de esos otros ¿genios? , el jurado. La capacidad de emocionar, de llegar al público, esa chipa de gracia es la que valoran los “coach”. El ganador será el que destaque entre la heterogénea masa de virtuosos surgidos de innumerables castings, para inmiscuirse en otro mayor.

Los castings de los antiguos concursos de talentos comenzaron a crear materiales que pasarían a ser empleados frecuentemente en el desarrollo del programa. De este modo, asistimos al proceso de como la “hipertelevisión” se transforma en un producto rentable y útil por sí mismo. El formato, ahora más cuidado, es perfeccionado con la introducción de elementos de selección, la presencia de jueces conocidos (¿cantante/humorista en horas bajas? ¡no! Jurado en un talent show), e invitaciones de familiares o amigos que aporten valor narrativo extraordinario.

Los candidatos tienen su propio rol determinado por las reglas del juego y el contexto mediático, deben ser mediagéticos y desinhibidos (Lipovetsky). En estos concursos, y otros realities similares, se crea una trama donde cada cual es intérprete de sí mismo. Se ficciona la realidad, el telespectador percibe todo como en una película donde se permiten momentos de drama, humor y suspense para rematar con un “happy end”.

Sin embargo, el principal objetivo del programa queda entre bambalinas. Si bien el fin es alcanzar el descubrimiento de una genialidad, la carpa de este circo se encuentra plagada de bufones y santimbanquis cuyo propósito es entretener al gran público y ser lanzados al estrellato, al fracaso y en bastantes ocasiones, a la burla. La verdadera búsqueda de los realizadores es rellenar minutos, nada más.

Mientras que en coliseo tradicional, el público quedaba relegado a su papel de espectador, la televisión actual utiliza permanentemente al auditorio en sus espectáculos. Nos convertimos en el César que castiga, o por el contrario extendemos la mano con el pulgar hacia arriba mostrando nuestra aceptación. Pero no nos dejemos engañar por nuestra falsa autoridad, la televisión en general y los talent show en particular, se decantan hacia el entretenimiento. Prima el show sobre el talent, que muchas veces brilla por su total ausencia. Aunque el origen del formato fuese honrado, se ha convertido en un pasatiempo en el que algunos tienen la suerte de conseguir los 15 minutos de fama a los que Warhol se refería.

Como se plasma en “13 millones de méritos”, segundo capítulo de Black Mirror, esa aspiración a convertirse en triunfadores del concurso, propone una auténtica reflexión sobre la mitografía. El anhelo es alcanzar la fama a toda costa mediante el beneplácito del jurado y la esclavitud voluntaria a la que nos sometemos por la popularidad.
Los concursantes se convierten en las estrellas del momento, pasando del anonimato a la celebridad mediática. En nuestra época ya no se busca la gloria inmortal, sino el reconocimiento inmediato y el éxito comercial. La innovación televisiva ha cedido el paso a estrategias de promoción y al lanzamiento al estrellato de jóvenes artistas. Pero la mayoría de las veces, la gloria de los participantes se apaga al mismo tiempo que los focos del plató.

Desde el 2001 los “triunfitos” brotaron de la nada. Se habían construido a sí mismos como personajes autónomos con valor comercial para las productoras del momento, pero pronto nos dimos cuenta de que la construcción de esos héroes televisivos no residía tanto en su capacidad artística, en su talento, como en su personaje mediático. Esta primera hornada de famosillos, sería continuada por una multitud de celebridades de innumerables programas.

Este tipo de realities contribuyen a crear la cultura de éxito, fomentando la idea de que cualquiera puede alcanzar rápido la fama, pero no es así. Que algunas personas hayan logrado reputación y riqueza en un abrir y cerrar de ojos, careciendo muchas veces de un talento especial, ha aumentado el interés de la gente por este tipo de programas. Encuestas como la realizada por Learning and Skills Council en Inglaterra, recoge que el 16% de los adolescentes entrevistados dejarían sus estudios para participar en un programa de este tipo. Las cadenas se han valido de esto para bombardearnos con sus diferentes vertientes del formato. Pero las probabilidades de convertirse en una verdadera celebridad son muy escasas, y algunos de los que lo consiguieron concursando, han caído en la amnesia del telespectador.

La telerrealidad ha derivado en múltiples vertientes, pero al final todo se reduce  prácticamente lo mismo. La participación de anónimos y la posibilidad de ser captados por una cámara que los proyecte en nuestras televisiones. Ese el encanto que nos atrae de todo este asunto. La televisión se ha encargado de  vendernos ese incentivo como resultado de su fuerza y la influencia del medio en la sociedad. Pero el simple hecho de exponerse bajo los focos de un plató de televisión, no asegura la fama, aunque muchos se lo hayan creído.

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