Literatura

¿Talleres Literarios?

Durante el festival literario de Bath, celebrado el primer fin de semana de Marzo de este año, Hanif Kureishi, novelista y guionista británico, declaró que los talleres literarios son “una pérdida de tiempo”. Él es profesor de escritura creativa en la Universidad de Kingston, en Londres, y afirmó que más del 90% de sus alumnos, no tienen talento, “pueden escribir frases, pero no contar una historia sin causar aburrimiento”, dijo además que los talleres tienen muchos profesores, que enseñan cosas inútiles, y que él no pagaría por uno. Tras estas declaraciones, fue tachado de hipócrita, y no sin razón, pero además abrió de nuevo el debate sobre la idea de talento y el concepto de genio, y hasta qué punto hay cosas que podemos aprender o son innatas.

Si no hay un programa que me acerque con eficacia al proceso de creación literaria, si me van a enseñar como si se tratara de una carrera de literatura o de filología y no de creación literaria, si quien me va a enseñar no sabe en carne propia lo que es la “creación literaria”, yo jamás me arriesgaría a pagar una matrícula”. Así respondió Isaías Peña, director del Taller de Escritores de la Universidad Central de Bogotá, a las declaraciones de Kureishi, cuestionando si realmente la formación que los alumnos adquieren en las clases impartidas por el escritor británico, son lo que ellos han ido buscando, pues el fracaso puede deberse a que falla la metodología o simplemente a que el profesor pretende inculcar a los alumnos algo distinto a aquello que estos aspiran a conseguir. Ser escritor no significa ser merecedor de un Premio Nobel ni tener un reconocimiento universal, eso haría necesario predecir cuanto tiempo va a continuar viva una obra antes de escribirla.

Hay ciertas fases de la práctica literaria que sí pueden afianzarse, de forma autodidacta, por supuesto, pues en su declaración Kureishi tiene razón cuando apunta que para ser escritor, hay que leer y leer, que es un proceso largo, y efectivamente, es un proyecto que se desarrolla cada día. Cualquier actividad que consideramos artística necesita una disciplina y un trabajo personal, pero nadie cuestiona el valor de un pintor por haberse formado en el taller de su maestro, ni el de aquel músico cuyos méritos se asocian a años de conservatorio, es por esto que no puede sonar incongruente hablar de talleres y literatura, es otra forma de enseñanza artística, al igual que el pintor o el músico, habrá algo en aquel que llega a ser escritor que pueda considerarse innato, pero el talento necesita aliento, en todas sus formas, y esa bocanada de inspiración también puede venir del exterior.

Para Marta Orrantía, escritora y docente de la Maestría de Escritura Creativa de la Universidad Nacional de Colombia, lo dicho por Kureishi es engañoso, y lo que ocurre con la literatura es exactamente lo mismo que se observa en otras disciplinas; “Supongo que no hay facultad posible que convierta a todos sus músicos en Hendrix, o a todos sus artistas en Picasso, y sin embargo nadie dice que esas facultades son inútiles” y afirma que en los talleres literarios, sí se aprende a escribir, aunque eso no convierta automáticamente a los alumnos en escritores, el talento personal de cada uno también juega un papel importante. Marta Orrantía destaca que los alumnos aprenden a “leer como parte de una búsqueda”, y encontrar así un estilo y una forma de narrar acorde con lo que ellos quieren expresar.

Gabriel García Márquez reconoce lo que para el supuso leer Pedro Páramo, de Juan Rulfo, lo leyó muchas veces “para saber cómo estaba hecho” cuando, como él mismo escribió, se sentía girando en círculos concéntricos, sentía que aún le quedaban muchos libros pendientes pero no concebía un modo convincente y poético de escribirlos. Ya antes de conocer la obra de Juan Rulfo, había publicado novelas como La Hojarasca o El coronel no tiene quien le escriba, y a pesar de ello necesitaba otro empujón.

Márquez descubrió, sin ayuda, la inspiración que necesitaba para escribir todo eso que no sabía cómo, pero puede que no todos posean esa capacidad, y aquí ya no hablamos de ese don innato que seguramente posee el escritor colombiano, sino más bien a saber qué hacer cuando la inspiración individual no es suficiente. Es precisamente un taller literario, lo que puede aportar al escritor las pautas para seguir el camino correcto en esa búsqueda, volviendo a las palabras de Orrantía, enseñando a los alumnos a leer para escribir, algo que no necesariamente todo el mundo sabe hacer por su cuenta, a pesar de tener o no un don.

Si ellos, los que saben, aún tienen cosas que aprender, tiene que existir alguna forma de instruir a nuevos escritores a dar los primeros pasos, a darse cuenta de que no valen si realmente no tienen nada que ofrecer, y a destacar si tienen algo nuevo que decir. Saber inspirarse en literatura para crear literatura, tener nuevos recursos y aprender a comunicar una y otra vez sin agotarse a ellos mismos, eso se puede aprender, el problema es saber cómo enseñar.

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