Cine/Sociología

Persona non grata

Lars von Trier

Haceos con amigos dispuestos a censuraros.

Nicolás Boileau

Con el estreno de su último larg(uísimo)ometraje, Nymphomaniac (2013), Lars von Trier ha conseguido algo que parecía imposible, generar una mayor polémica que la creada en su día por el ya famoso “Entiendo a Hitler” durante el festival de Cannes del 2011, ganándose el título de “persona non grata”. Para el disgusto de muchos, resultó que esta “no es una película para masturbarse” (declaraciones hechas por el actor Stellan Skarsgärd). Los vídeos promocionales, el trailer y los carteles que empezaban a inundar la red prometiendo un sinfín de sexo, la excusa perfecta para poder disfrutar en pareja (no como le pasó al pobre De Niro en Taxi Driver que se quedó sin acompañante por llevar a su cita a un cine X) de un película erótica sin sentimiento de culpa o simplemente por matar ese gusanillo que llevaba muchos meses aumentando el morbo acerca de este misterioso film, resultó ser toda una bomba de relojería donde lo que menos importaba era, curiosa y sorprendentemente, el sexo.

MORBO: “Tendencia obsesiva hacia lo desagradable, lo cruel, lo prohibido”. He aquí el interés casi irracional por Nymphomaniac, no se sabía con exactitud su argumento pero todo el mundo quería, casi necesitaba, verla lo antes posible. Su acertadísimo título, una palabra (lo bueno, si es breve, dos veces bueno), una palabra cargada de significado, una palabra cargada de un significado tan impactante como libre de tabúes (“Me llamo Joe y soy ninfómana. No una adicta al sexo. Una ninfómana y estoy orgullosa de ello”) que garantizaba lo mismo, sexo explícito, sin tabúes. Teniendo esta bomba de relojería (“Agárrate a la parte trasera de tu asiento, a la Biblia o a la mano de un amigo. Nymphomaniac de Lars von Trier aporrea el cuerpo y ablanda el alma”, crítica publicada en The Guardian) a punto de estallar, sólo podía pasar una cosa: censura is coming. Y llegó. Y se nos privó de más de una hora de metraje. La censura volvió a ganar el pulso, aún estando en pleno siglo XXI, eliminando lo que suponemos que serían las escenas de sexo más explícitas y eliminando también todas las fantasías sexuales que durante meses se habían esforzado en imaginar, por qué no, crear, todos los espectadores ansiosos de las más variopintas prácticas eróticas. Donde muchos se esperaban únicamente masturbaciones, prácticas sadomasoquistas, orgías y todo un kamasutra audiovisual empezaron a querer algo más, empezaron a buscar y ya se sabe, el que busca siempre encuentra: “una mirada seria y bienintencionada a la auto-liberación sexual, repleta de referencias al arte, la música, la religión y la literatura”. La censura prohíbe y no es que nos guste lo prohibido, nos encanta. Según el psicólogo inglés Michael Belint, el temor a ser descubiertos nos produce una auténtica sensación de placer, lo que los expertos denominan “miedo consciente”, que no es doloroso pero sí nos aporta un temor gratificante.

Retomando la cita que abre el artículo, todos somos un poco “esos amigos dispuestos a censurar a von Trier”. Quizás porque sea uno de los pocos que da forma a lo que todos hemos pensado, reparado o imaginado en más de una ocasión y que reprimimos por miedo a ser juzgados ante los convencionalismos sociales: “Los hombres son criaturas muy raras: la mitad censura lo que practica; la otra mitad practica lo que censura.”Benjamin Franklin.

Creo que en la mayoría de los casos, el ojo del que censura es “más sucio” que el del artista. El primero se aferra a una búsqueda de lo que mencionaba con anterioridad, una búsqueda incansable del morbo, injustificada. Un ojo del que no sabe apreciar la belleza de una actividad humana más. Para amarga o dulce sorpresa del espectador, esta no es una película porno: “La pornografía tiene un único propósito, y es calentarte. Pero si miras esta película, al cabo de un rato ya ni siquiera reaccionas a las escenas más explícitas. Te parece tan natural como ver a alguien comiendo cereales”, declaraciones del coprotagonista de la cinta. Es arte y, como bien dijo Oscar Wilde, no encuentro mejor forma de cerrar esta reflexión:

“Ningún artista es nunca morboso. El artista puede expresarlo todo”

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