Cine/Imagen

Gravity, o la excusa del 3D

“Poner en duda que el cine en relieve sea el cine de mañana es tan ingenuo como dudar de las posibilidades del mañana en general.” (1947)

Serguéi Eisenstein 

En 2009 Avatar arrasaba las salas de cine repletas de hordas de espectadores ávidos de nuevas experiencias y de sentir en sus propias carnes el nuevo mundo en tres dimensiones. Verdadera revolución en la industria, Avatar abría el camino para un nuevo 3D; lejos de aquellos efectos ópticos de superposición de imágenes con virado en azul y rojo que decoraron hace algún tiempo cajas de cereales, el 3D se convertía en otra cosa. Hollywood había abierto la Caja de “Pandora” y quizás, los males ya hayan inundado el mundo.

Desde el estreno de la taquillera Avatar hemos asistido a la multiplicación de films que se estrenaban en este formato, prescindible en muchos casos, y que han ido perfilando un camino que hasta el momento no percibíamos como verdaderamente revolucionario. Como una epidemia la tercera dimensión inunda las salas de cine con films dispuestos a sacar provecho de los avances tecnológicos. El 3D había vuelto a convertir al cine en mero espectáculo, lo había devuelto a sus comienzos cuando el kinetoscopio se exhibía junto a la mujer barbuda. Y entonces llegó Cuarón.

Situémonos, un grupo de astronautas perdidos por el espacio ve como su nave se hace trizas debido a la imprudencia de los rusos, a partir de ahí, se verán abocados a un viaje sin retorno hacia la salvación. Viaje que se convertirá en un periplo vital para la doctora Stone (Sandra Bullock) convertido en metáfora de su propia vida. Como en un juego de la oca, la doctora irá saltando de casilla en casilla y tirando porque le toca. Una partida sin duda gafada, llena de cárceles, laberintos y calaveras que la devuelven al comienzo para –¡Cuidado Spoiler!– acabar en un pozo, que no obstante, la verá renacer. El problema se nos presenta cuando, como en un juego de la oca, sabemos donde va a acabar todo por muchos inconvenientes que nos topemos en el camino.

Gravity-2013-Wallpaper

Sin embargo, la belleza de las imágenes que Cuarón propone nos maravilla, nos hipnotiza la estética inicial, grandes planos del horizonte terrestre con los personajes convertidos en pequeñas motas de polvo en la inmensidad. Por primera vez, asistimos a un alarde tecnológico capaz de enviarnos al espacio exterior y mantenernos ahí suspendidos, extasiados, sin noción alguna del arriba, abajo, derecha o izquierda. En este sentido, el 3D se destaca como herramienta inmejorable, capaz de modificar y desestabilizar las percepciones, que nos sumerge en un baño de sensaciones corporales y que casi nos permite tocar lo representado. Las bondades del 3D se despliegan en todo su esplendor en un ambiente que se lo permite, pasamos de la butaca a zarandearnos junto a los personajes inmersos en la nada; sin embargo, la gravedad no tardará en hacer efecto. Si bien, por primera vez asistimos a un uso del 3D verdaderamente inmersivo, la narración goza del mismo vacío del que gozan los protagonistas. El mensaje se ha visto reducido, obviado, y relegado a un segundo plano. Un guión vacuo que articula una historia sin profundidad dramática y completamente previsible.

Tras unos primeros minutos de imágenes cargadas de una belleza visual irrefutable asistimos a la continua reiteración fotográfica, cae en redundancia y lo bello se deviene en monotonía. Las imágenes se convierten en imágenes-exceso en las que todo se precipita, y que gustan de la velocidad, la intensidad y el high-tech. Cine que estremece no por lo que cuenta sino por el efecto de sus colores, sus formas, sus sonidos y su alarde tecnológico. Dirigido al “nuevo espectador” que define Roger Odin (1988), ansioso de novedosas sensaciones de consumo directo, que demanda y devora sin piedad ni pretensiones los nuevos entretenimientos. Consumidores de productos espectáculo, que llenan las salas para nutrirse de imágenes efectistas, vislumbrados por la técnica y que no acude al cine para conmoverse con la historia que se les cuenta, sino por los fabulosos fuegos artificiales. Pero, ¿qué sería del cine sin la capacidad de maravillar al espectador con las imágenes y causar sensaciones en el mismo?, y eso, sin duda, lo ha conseguido.

Cuarón se la ha jugado a una única carta y ha salido victorioso, el despliegue tecnológico al que asistimos hace que seamos capaces de perdonar la insustancialidad de la narración y abandonarnos a la sensación de ingravidez. Quizás, la propia tecnología haya devenido en mensaje, y a algunos con eso le baste.

 

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