Cine/Imagen

El Gran Vacío

Servillo
Tony Servillo, Jep Gambardella en la película

A decir verdad, si hubiera escrito esta crítica hace una semana habría sido, seguramente de manera inmerecida, mucho más duro con esta película. El motivo de mi cambio de parecer se debe a que por una vez, y sin que sirva de precedente, decidí otorgarle cierto valor a la crítica de Boyero y darle una segunda oportunidad a la obra de Sorrentino, lo que me hizo descubrir una nueva fuerza y una nueva poética en la cámara del director italiano. No obstante, la renovada óptica desde la que contemplo el film, sin dejar de ser benévola, no llega a los niveles de adulación que ha alcanzado en otros canales y, al igual que el crítico salmantino, he decidido que ”no me voy a arriesgar revisando más veces La gran belleza. Por si acaso. Para proteger mi último recuerdo de ella”.

Pero vamos por partes. La grande bellezza es la última película del director italiano Paolo Sorrentino, que supone la culminación del interés que su obra venía despertando los últimos años a través de cintas como Il divo, o This must be the place. Frente a los aires de fracaso que había dejado esta última a su paso por el Festival de Cannes de 2011, la nueva película del que muchos consideran L’enfant terrible de la filmografía italiana, ha ido cosechando multitud de premios en los BAFTA, Globos de Oro, en el Festival de Cine Europeo… hasta culminar este camino triunfal con el Óscar a la mejor película extranjera hace apenas un mes.

La historia, en la que muchos han querido ver con acierto un ”homenaje” a La Dolce Vita de Fellini, desarrolla su acción en el verano de la ciudad de Roma. Su protagonista Jep Gambardella, magníficamente interpretado por Tony Servillo, actor fetiche de Sorrentino; es un escritor aletargado cuya ocupación actual se encuentra en el periodismo, y que desde hace un tiempo vive sumido en un tedio y hastío vital. Durante años Jep ha disfrutado de una activa vida social, rodeándose de todo tipo de personajes y asistiendo a esas extravagantes y salvajes fiestas que caracterizan los años de la Italia del ”bunga bunga” (nunca una onomatopeya ha definido tan bien a un país) y de la ”berlusconización” de la política; pero que ahora no consiguen llenar el vacío que le inunda, y que no hacen más que perpetrar una imagen degradada de la Italia del momento.

Desde muy temprano se nos deja clara esa imagen. En un momento de la fiesta que ocupa los primeros minutos de la película, emerge de una tarta con forma de Coliseo -símbolo de Roma- una antigua presentadora de televisión que se encuentra ahora ”en decadencia física y psicológica”. Y es que de eso trata esta película. Trata de la decadencia, de la pérdida. Trata de lo que pudo ser y no fue, de la enorme belleza de una ciudad mancillada por la excentricidad y el lujo vacío; del recuerdo de lo perdido, que se muestra ahora ante los ojos de Jep en una suerte de pesadez vital al sentir que ha desperdiciado la vida buscando esa grande bellezza, vetada desde la pérdida de su amor de la juventud, y que le ha impedido escribir otra novela.

La obra se presenta como una auténtica oda visual, capaz de extraer la poética del exceso más mundano y frívolo, con una fotografía potente en constante diálogo con la música que recalca cada segundo del film. El cuidado de la imagen, de la que Sorrentino hace gala tanto en sus largometrajes (Il divo, por ejemplo) como en sus cortometrajes más modestos (La partita lenta), alcanza aquí su máxima expresión, otorgando el que seguramente sea uno de los retratos más bellos que la historia del cine ha brindado a la ciudad de Roma.

2.-La-grande-bellezza

Y sin embargo, la película me sigue dejando un regusto amargo. Desde mi punto de vista son ciertos detalles, pequeños pero determinantes al fin y al cabo, los que acaban desencadenando un desarrollo irregular de la película, los que hacen que no me deje atrapar del todo por su pretendido magnetismo.

Se trata en primer lugar de una cuestión de límites. Se puede hacer una película sobre el exceso siendo excesivo, pero sin que esto repercuta negativamente en la historia, por muy fellinescos que se pongan algunos. Aquí la desmesura y el desenfreno terminan, por repetitivos, agotando.

La cámara inquieta de Sorrentino y su intensidad visual que en muchos momentos es motivo de alabanza, se refina en otros hasta el abuso, y lo que antes era estilo se convierte entonces en efecto, en un esteticismo preciosista que no aporta nada a la imagen salvo pompa y boato, y que en ocasiones acaba ocultando la complejidad espiritual que subyace tras ella. Parece ser por desgracia esta tendencia un valor en alza entre los cineastas que se caracterizan por este cuidado estilismo visual. Algo similar le pasó este año al otro enfant terrible de la cinematografía actual, el canadiense Xavier Dolan, quien en su última película, Tom à la ferme, abusa de un manierismo que acaba por resultar casi ridículo. Sorrentino, sin llegar a esas cotas, mediante el refinamiento al que somete la imagen de la ciudad y de sus monumentos, consigue que viendo la pelicula me acuerde del Woody Allen menos cienasta que agente de viajes de la última década, convirtiendo la grandilocuencia en virguería estéril, la belleza en postal.

Captura la grande belleza
Fotograma de la película en la Gallería Spada de Roma

Además, la grandeza arrebatadora con la que se inicia la cinta decae en la última parte, dejando una sensación de conjunto irregular, inconclusa, como una película que apunta pero no dispara, que termina resultando insatisfactoria pese a los grandes momentos que tiene durante su desarrollo.

Sin duda alguna creo que estamos ante una buena película, bella y caótica, nostálgica y melancólica, pero que podría haber sido mucho más. Creo que lo que denuncia la película es lo mismo de lo que adolece. La sensación de Jep Gambardella de un potencial tirado por la borda, de encontrarse ante una belleza desperdiciada, de un exceso vacuo, se refleja en mi al terminar la película, y no puedo evitar sentirme decepcionado y frustrado. Sentir que estoy contemplando algo hermoso, agradable, pero en ocasiones también vacío y sin alma.

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Un pensamiento en “El Gran Vacío

  1. “Se puede hacer una película sobre el exceso siendo excesivo, pero sin que esto repercuta negativamente en la historia”

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