Construcciones/Espacios

La NO Ciudad de la Cultura

Recientemente la Ciudad de la Cultura de Santiago de Compostela volvía a ser noticia, y no por inaugurar una exposición, la entrada de nuevos fondos o la realización de una conferencia. El presidente de la Xunta Alberto Nuñez Feijóo confirmaba la paralización definitiva de las obras, por no poder hacer frente al gasto. Sí, después de más de 10 años y una inversión de 300 millones, sigue incompleta. De los seis edificios que deben completar el conjunto: archivo, biblioteca, museo, servicios centrales, teatro de la música y un edificio que ha sido denominado de múltiples formas, los dos últimos apenas están en cimientos.

Quizá, hablar sobre lo que supone y supondrá la Ciudad de la Cultura es un riesgo que podría evitar, pero como compostelana que ha vivido su construcción, desde el vaciado del Monte Gaiás, que me proporcionaba todas las Navidades el musgo para el Belén; los camiones que subían y bajaban, lo que ahora se conoce como la Avenida de Manuel Fraga; la aparición de las primeras líneas curvas que se conseguían mediante varillas interiores y hasta un Mega construcciones. Pasando así, de ser un lugar casi impenetrable, para ser un lugar sin penetrables.

El proyecto fue aprobado en concurso, seguramente por su carácter emotivo, el estadunidense Peter Eisenman propuso rellenar la montaña reproduciendo a escala el casco histórico de la ciudad, que es el orgullo de los compostelanos, hasta representaría la Catedral con las Torres Hejduk, encargadas de la refrigeración y ventilación. Un proyecto ambicioso, donde todo estaría hecho a medida, fusionando la albañilería antigua con la arquitectura moderna, y apoyando los materiales locales, aunque la realidad sería distinta.

Pensado como símbolo de arquitectura precedente, que traería a la capital gallega reconocimiento internacional y reclamo turístico, el proyecto se ha vuelto una gran carga. A pesar de ser una construcción interesante, se ha apostado el todo por la nada, pues tenemos un gran contenedor sin contenido. Es el reflejo de una época en la que la crisis no era el tema diario, aunque se apunto que antes de levantarla deberían pensar bien en su gestión. Pero esto no les impidió seguir adelante, apostando más por el edificio que por su cometido. Quizá, esto es heredado de Andy Warhol que hizo de la Sopa Campbell un recipiente y no una comida, o se remonte al ser más primitivo cuando pintar el bisonte te hacia cazarlo. Pues no, construir la Ciudad de la Cultura, ni nos ha hecho más cultos, ni ha generado más cultura, ni ha conseguido que yo como gallega sienta ese orgullo que puede tener los bilbaínos con el Museo Guggenheim, o que me puede reportar la propia Catedral. Es un proyecto que supone una hipoteca cultural a todos los niveles y de por vida. Quién sabe, igual solo necesitamos tiempo, olvidar y aprender de los errores, porque si no, tendremos lo que nos merecemos. Para concluir me apodero de las palabras del artista gallego Antón Reixa que sentencia: “la cultura es gente haciendo cultura y gente usando cultura, y la Ciudad de la Cultura solo son ladrillos”.

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