Pensamiento/Sociología

¿Dónde están los límites?

Por Diego Bautís Garrido

Esta pregunta chirría en la mente de muchos espectadores que por estos días visitan algunas de las galerías de arte contemporáneo más famosas del mundo. Muchas de las obras en ellas expuestas son más que de dudoso gusto, otras tienen como único pretexto causar polémica, o, tal vez, llamar la atención del espectador mediante algún tipo de recurso que impacte a sus sentidos. Pero: ¿Hasta dónde llegan los límites de la obra de arte?, ¿puede el artista gestar una obra que atente contra la sensibilidad del espectador?

Una obra expuesta en la última edición de la feria de arte emergente JUSTMAD ha causado un gran revuelo, dado que son muchos los espectadores que han afirmado que ésta vulnera su sensibilidad. La obra en cuestión, Taxidermia, del artista brasileño Vitor Mizael, nos presenta, del modo más crudo posible, varios perros disecados que se mantienen suspendidos en equilibrio por barras metálicas que los atraviesan. Muchos la han calificado de ¡salvaje!, otros lo consideran un acto intolerable y, por tanto, indigno de ser expuesto en una galería. La JUSTMAD se lava las manos alegando que el hecho de que se dé cabida a una obra en una exposición ello no implica compartir ni las motivaciones del artista ni la adecuación de la creación a un determinado contexto.

No obstante, tras este acto, calificado de deplorable, se oculta la pretensión de denunciar el maltrato y los abusos a los que son sometidos los perros en Brasil: Mientras un animal exótico está protegido, los perros, el animal que más hemos acercado a nuestro modo de vida, sufre un abandono brutal, dice el artista. Para denunciar el trato vejatorio que se da a los animales que viven abandonados en las calles de las ciudades brasileñas, Mizael se dedicó a recorrer las urbes y recoger animales fallecidos con el fin de transmitir las condiciones en las que viven y concienciar a los ciudadanos; posteriormente los envió a un taxidermista y los usó como parte de su creación.

No considero -como la mayoría de los que se postularon en contra de esta obra- que la utilización de animales disecados para concebir una obra de arte atente contra la sensibilidad del espectador. Llevamos varios siglos exponiendo seres disecados en las vitrinas de los museos de Historia Natural -algunos presentados de un modo especialmente macabro- y nadie se ha asustado. Si bien he de reconocer que, pese a que tras este acto se oculta un fin filantrópico, la intervención del artista ha sido en exceso agresiva. Creo que se ha equivocado al diseccionarlos o atravesarlos con barras metálicas, dado que es esta “profanación” lo que hace zozobrar los sentidos del espectador, atentando contra su sensibilidad misma. Quizá el haberlos dispuesto en el suelo, adoptando las poses en que fueron encontrados, habría sido más sutil, causado menor polémica e, incluso, generado un vínculo de concienciación con el espectador, en lugar de la repulsión y el alejamiento que motivó la obra resultante.

 

 

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Un pensamiento en “¿Dónde están los límites?

  1. “La JUSTMAD se lava las manos alegando que el hecho de que se dé cabida a una obra en una exposición ello no implica compartir ni las motivaciones del artista ni la adecuación de la creación a un determinado contexto”. Supongo que se podría comparar con la ropa que nos ponemos: ¿cuántos niños se mueren en la miseria mientras nosotros pagamos 20, 30, 70 euros por un vestido hecho por ellos? No estamos de acuerdo con esta situación, y sin embargo, seguimos llevando esa ropa. No obstante, en una galería la diferencia está en que esta puede elegir que exponer y que no, porque tiene muchas opciones a escoger; pero para nuestras posibilidades, ¿qué otra cosa podemos vestir?

    Más adelante la misma galería dice que su fin no es otro que el de concienciación a la sociedad sobre el mencionado tema. Por un lado, entiendo esta postura y puedo llegar a compartirla. Pero también estoy contigo en el último párrafo: si quería conseguir esto, no hace falta recurrir a la forma con que están dispuestos, por lo menos si no está bien especificado su propósito. De lo contrario, me parece una manera inútil de llamar la atención. Lo que ha conseguido es levantar polémica pero no en el sentido pretendido. Las personas en vez de alarmarse ante el triste trato que se les está dando a los perros brasileños, montan en cólera por lo que ven. Y lo entiendo, porque en este caso lo hacen al no comprender lo que ven cuando se trata de seres vivos disecados. La reivindicación y la denuncia en este tipo de temas por supuesto caben en el arte, pero de hacerlo, por favor, hacerlo bien.

    Ahora bien, eso de herir la sensibilidad… Si sabes lo que vas a ver, y sabes que te va a molestar, o que te podría molestar, pues no vayas. Y si es por la cuestión de que son seres vivos, no tiene mucho sentido, porque en este caso ya están muertos, no como en otras absolutamente cuestionables obras. Y si seguimos en el bucle diciendo que es precisamente porque muestran animales muertos, retomo la existencia de los Museos de Historia Natural. Y si el motivo es la manera de mostrarlos así, opino que no los degradan ni es una forma de recrearse en esa crueldad. Creo que es todo lo contrario. Pensemos en un Cristo crucificado, en las esculturas de mártires. En estos casos, recordemos que hay casos que emplean macabramente pelo humano. Ya vuelvo a explayarme… al final mi comentario va a acabar siendo más largo que tu propio artículo jaja

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