Cine/Imagen/Pensamiento

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El otro día estaba haciendo zapping cuando me topé con el tráiler de la nueva película de Gus Van Sant. No uno de esos trailers cutres con cortes obscenamente poco reflexionados, sino uno “de los buenos”, de los largos, de los que te ponen en el cine para que no sea la última vez que pases por allí. La película, al parecer, habla sobre el empleado de una empresa de gas natural (Matt Damon) que intenta conseguir que todos los habitantes de un pueblo firmen un permiso de perforación. Al principio todo parece ir bien, pero la cosa se tuerce y la historia nos cuenta como el bueno de Matt se tiene que ganar a los pueblerinos para que voten a favor de lo que les propone. Al menos eso es lo que extraje, ya que, insisto, tan sólo vi el tráiler.

De Matt Damon se han dicho muchas cosas. Y se dicen muchas cosas. Principalmente peyorativas. Es Will Hunting y Jason Bourne. Son los dos personajes que lo han estigmatizado de por vida. En mi opinión, el papel de Bourne más que el de Will Hunting, lo cual no es bueno, porque no hace falta ser Roger Ebert para saber cuál de los dos papeles es peor. De todos modos, aunque su actuación en Good Will Hunting fuese “la mejor de la historia”, o esta le hubiese reportado un Óscar −que casi, lo cual por otra parte no tiene por qué ser indicativo de calidad, pues Nicolas Cage tiene uno−, no es bueno estar encasillado en un único papel, ni en un único registro cinematográfico. A no ser que seas Bill Murray. Y eso que Matt Damon a lo largo de su carrera ha tenido grandes papeles. No excelsos, pero sí buenos. Por ejemplo en las películas con Soderbergh, los Ocean’s. No son películas grandiosas pero están bien. O volviendo la mirada un poco más atrás tenemos en el año 98 dos buenas actuaciones: Rounders, junto a Edward Norton, y Saving Private Ryan, con Tom Hanks, Bryan Cranston o Paul Giamatti como compañeros de reparto y Spielberg en la dirección. Creo que no hace falta decir nada más.

Cierto es que durante esos años Damon tenía, por así decirlo, tirón comercial. Era un chaval que vendía, y poco más. Uno de esos jóvenes rebeldes sin causa (y sin carisma) con un lado tierno que enamora a las chicas a pesar de todo lo demás. En el año 2005, con Syriana (compartiendo cámara con George Clooney), se ganó el respeto de la crítica. Pero fue el año siguiente el que le encumbró de manera definitiva. Primero su actuación en The Good Sheperd (dirigida por De Niro). Y después, y más importante, mucho más importante, su papel en The Departed, dirigida por el genio entre los genios, el mago de la dirección, su alteza real Martin Scorsese, que ganó con esta película, al fin, el Óscar a la Mejor Dirección. Esta película es perfecta para comentar algo que no sólo le pasó a Matt Damon. Ese “algo” no es otra cosa que la baja consideración que ya no sólo los críticos sino la opinión general tienen de los nuevos actores.

En The Departed tenemos grandes actores ya veteranos como son Alec Baldwin, Jack Nicholson y Martin Sheen. Todos clásicos de Hollywood. Todos grandes de la historia del cine. Y después, en contraposición, nos encontramos a tres “de los de ahora”. Mark Wahlberg, Matt Damon y Leonardo DiCaprio. Los tres tienen algo en común: hasta hace poco eran considerados subnormales. No estoy diciendo malos actores. Estoy diciendo SUBNORMALES. Gente con un coeficiente intelectual inferior a la media. Realmente hace falta una cantidad de repulsión u odio bastante considerable para crucificar a alguien de forma tan categórica solo en base a sus actuaciones en películas. Pero yo sé lo que es eso. Sé lo que es esa repulsión. Ese odio. Ese asco que te recorre las venas cada vez que ves a uno de esos actores que te desagrada en alguna película. Es equiparable a cuando Sosa tocaba el balón en el centro del campo del Atlético de Madrid en 2005. La gente no le odiaba. Sufría con su presencia. Era otro nivel. Un nivel superior de repugnancia. Yo estuve así durante años con DiCaprio. Nací en el 91, y el estreno de Titanic (la cual, aun a día de hoy, me sigue pareciendo la película más sobrevalorada de toda la historia) me pilló empezando mis estudios de primaria. Como pueden imaginar, todas las niñas estaban enamoradas de Jack Dawson. Y no me refiero a todas las niñas de mi clase, ni a todas las niñas de mi colegio. Todas las niñas del mundo. O al menos esa era la imagen que proyectaba la inmensa mayoría de los humanos productores de estrógenos que yo conocía en aquel momento. Era un ambiente insoportable, y yo y todos mis compinches odiábamos a DiCaprio. “Cara-hormiga” lo llamábamos, y otras cosas peores cuando nuestras madres no escuchaban. Le odié. Le odié con toda mi alma. Yo era un niño pequeño, no tenía preocupaciones, y por eso podía permitirme odiarle tanto, con tantas ganas, tantas horas al día. Creo que si se pudiese llevar a cabo una comparativa, debí odiar más a DiCaprio en aquel momento de mi vida que al tipo que me levantó la novia hace un par de años. Y eso ya son palabras mayores. Una pena que me tuviese que tragar todo lo que dije cuando vi The Departed. Al principio estaba bastante acongojado (usemos el adjetivo políticamente correcto), pero siempre fui un devoto de Scorsese, como Al Pacino lo es del hombre. Así que le di un voto de confianza a DiCaprio (por aquel entonces “el mamón de DiCaprio”) y a Matt Damon (por aquel entonces, y aun hoy en día, Jason Bourne). Y no fue mal la cosa. No fue nada mal.

El tercero en discordia era Mark Wahlberg. Personalmente no sé qué demonios hizo el bueno de Mark para que la gente le tuviese tan mal considerado hasta hace relativamente tan poco tiempo. De hecho creo que hasta el estreno de The Fighter en el año 2010 se le tenía tan solo por una cara bonita de Hollywood (y no tan bonita). Antes del estreno de esta última y obviando The Departed, Wahlberg ya había interpretado papeles merecedores no de premios pero sí de cierta consideración, por ejemplo en Boogie Nights, junto a Burt Reynolds, o en The Italian Job, una de esas películas no grandiosas pero que están bien. Su Ocean’s Eleven personal, por así decirlo.

Pero además de estos tres casos tenemos otros muchos pertenecientes a la misma generación de actores. Cojamos a los más “importantes”, digamos, nacidos entre los años 1970 (porque de Edward Norton no hace falta decir nada) y 1975 (porque de Colin Farrell es mejor no decir nada, aunque, ya puestos, señalar que sólo tiene dos actuaciones no buenas, sino pasables). Para empezar tenemos a Joaquin Phoenix, nacido en el año 1974, a quien se ha acusado hasta de conspiración política. La crítica lo puso por las nubes con su actuación de Cómodo en Gladiator y por dar vida al gran Johnny Cash en Walk The Line. La misma crítica que lo despedazó después por su supuesto abandono del mundo del cine, especulando con la posibilidad más que probable de que terminase como su hermano. Luego se descubrió que se estaba riendo de todo el mundo, y recibió alabanzas este pasado año por su actuación en The Master.

Seguidamente tenemos a Jude Law (1972). Jude Law ha sido adjetivado con toda clase de términos referidos a su “extremada sensiblería”. Supongo que no valió para nada que el mismísimo Michael Caine hablase bien de él durante su discurso de agradecimiento por haber recibido el Óscar a Mejor Actor de Reparto. ¡Es Michael Caine! ¡Cómo osáis, vanidosos y prepotentes  críticos, contradecir a Michael Caine! Y supongo, que, del mismo modo, tampoco valieron de nada sus actuaciones en Cold Mountain o Road To Perdition, dos joyas del cine de nuestro tiempo.

También pertenecen a esta terna Christian Bale (1974) e Ewan McGregor (1972). El primero ha tenido más suerte con la crítica, lo cual no ha sido motivo para que algunos no dudasen a la hora de intentar buscarle las cosquillas. Se le ha tachado de histriónico por su actuación en American Psycho. ¿Acaso no se trataba de conseguir eso? Se ha criticado su interpretación de Batman en la trilogía de Nolan. ¿Es que acaso alguien prefiere a George Clooney o a Val Kilmer? Tuvo que ser The Fighter la que le brindó, como a Mark Wahlberg, la oportunidad de cerrar bocas de manera definitiva. Y vaya si las cerró. Con un Óscar más que merecido por meterse en la piel de un adicto al crack.

En cuanto al segundo, Ewan McGregor, se podría hacer un biopic de su vida digno de Icíar Bollaín (por lo de querer suicidarte de desesperación cuando ves una de sus películas). Es el actor que conozco que ha enlazado actuaciones controvertidas de la forma más continuada y retorcida posible. Primero se le criticó por su papel en Trainspotting, ya que se consideraba que, aun siendo escocés, llevaba demasiado tiempo viviendo fuera del país y no era digno, por así decirlo, de interpretar el papel. De hacer de escocés. Bien, personalmente, como escocés de espíritu que soy, no sabría qué opinar. Lo único que sé es que hoy en día todo idiota que se precie y quiera hacer ver que sabe algo de cine ve Trainspotting. Es más, ese idiota genérico no solo ve Trainspotting, sino que se compra el libro de Irvine Welsh, lo lee después de haber visto la película, busca la música que aparece en ella y ya se ve capacitado para opinar en esos tres campos. Cine, literatura y música. Y sigue sin entender nada. Después fue criticado por Moulin Rouge, esta vez por “excederse en sensiblería” (“hacer un DiCaprio” lo llamábamos en mis tiempos). Moulin Rouge, por lo que tengo entendido, viene a ser algo así como un Titanic en tierra planteado como un musical. Bien, no tuve el placer de verla, y sigo sin tenerlo. Y creo que, sin verla, puedo afirmar que no haber tenido el placer es lo que me lo reporta hoy en día. Continuando con su serie de catastróficas desdichas, fue criticado por su papel de Obi-Wan Kenobi en las tres precuelas de la saga Star Wars. Se esgrimían argumentos realmente consistentes para sustentar las críticas. Argumentos tales como “No es Alec Guinness, y nunca lo será”. ¡Vaya, gracias, no me había dado cuenta! Nadie es Alec Guinness. Ni siquiera Alec Guinness. Porque está muerto. En el año 2003 protagonizó Big Fish, y a partir de ahí, como la película era de de Tim Burton, ya le dejaron tranquilo. Disculpen mi cinismo, pero es que es así. Tim Burton parece intocable, como Spielberg, haga lo que haga. No lo comprendo.

Por último mentar a Ben Affleck (1972). Ese tipo que escribió el guión de Good Will Hunting junto a Matt Damon, que es un gran director y que, por lo que me contaron las personas que vieron Argo, resulta que también sabe actuar. Ha tardado lo suyo en demostrarlo, pero me alegro de que así sea, porque hasta hace poco estaba al nivel de Colin Farrell (eso, para entendernos, es un nivel equivalente en actuación al de Ed Wood en dirección de montaje).

Todos estos actores han recibido críticas, han sido odiados, han hecho grandes películas y han conseguido premios. Ahora intento razonar conmigo mismo qué es lo que pasa. ¿Por qué odiamos a la mayoría de estos actores? ¿Por qué nos empeñamos en hacerlos malos? Con los actores pasa lo mismo que con los profesores y los médicos. Parece que ha ido pasando el tiempo y sus trabajos han ido perdiendo prestigio. Paulatinamente, sin que nadie lo notase. Hasta que un padre va al colegio y dice al profesor cómo dar clase. O hasta que alguien va al médico a pedir recetas porque ya se ha diagnosticado en casa. Con los actores es lo mismo. Todos queremos ser grandes críticos, tener una opinión respetada. Y comenzamos nuestra guerra personal contra un actor y contra sus seguidores. Porque creemos que tenemos potestad y conocimiento y con eso llega. Y no llega, ni por asomo. A ver quién le tosía a Humphrey Bogart o a Cary Grant allá por los años 50. Quizás odiar de manera tan irracional y despreocupada sólo sea un reducto de aquella actitud infantil por la que nos dejábamos llevar en otro tiempo. Un tiempo más irracional, más despreocupado.

Pienso en el tráiler de la película de Matt Damon. Promised Land se llama (Tierra Prometida), y se estrena aquí en España en unos días. Espero que sea lo que encuentre el actor de Massachusetts con sus actuaciones. La Tierra Prometida. En su caso no Israel, sino un Óscar, o el beneplácito de la crítica. O una vida tranquila y reconfortante. O llena de aventuras. Es lo que le pega a Jason Bourne.

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2 pensamientos en “Default

  1. a veces tu valentía me asusta, Guille, pero arriesgar es bueno. Existe algo que escape a tus críticas tan especiales? A lo mejor Martin Scorsese jaja Creo que te pasas un pelín con los tres pobres actores – Wahlberg, Damon, DiCaprio -, sobre todo DiCaprio. El pobre sí, fue ñoño y pegajoso, pero interpreta bien ese pegajosismo. Por lo demás, me quedo con tu reflexión acerca de Transpoirting; no he visto la película, pero precisamente tus comentarios me han hecho interesarme en ella. Puede que yo también acabe leyendo el libro… ;) Por cierto, escocés de espíritu?

  2. Matt Damon y Jude Law ya habían cerrado bocas hace años con El talento de Mr. Ripley. Y Ben Affleck, que es el que menos me gusta de los que comentas, ya lo había hecho bastante bien en Persiguiendo a Amy. Argo no es para tanto.
    No sé a qué criticos te refieres cuando dices que los tachaban de subnormales, porque la gran mayoría se pone de acuerdo para ensalzarlos, y con razón. No pasa lo mismo con Tom Cruise, por ejemplo.
    Me falta ver The Fighter, pero para películas sobrevaloradas está el Italian Job que comentas, que igual que RocknRolla son basura comercial, sin sustancia ni originalidad que copian un método exitoso que sólo merece alabanza en Lock, Stock and Two Smoking Barrels.

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