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El aspecto de las muñecas

Mientras yo jugaba sentada en el suelo con mis muñecas, mi abuela solía contarme como habían sido las de su infancia. Nada o poco tenían que ver con las mías, yo me las imaginaba como peluches en forma de niña, y mis pensamientos no distaban mucho de la realidad. “Buscábamos cualquier cosa blandita que nos sirviera de relleno, rellenábamos medias y algunos harapos que ya no sirviesen, cosíamos, le bordábamos la cara, le poníamos pelo de lana e intentábamos confeccionarle algo de ropa”, “la ilusión más grande venía cuando ya la veíamos terminada y podíamos comenzar a jugar con ella” decía mi abuela. Estas muñecas no se compraban en ningún sitio, ni sus materiales eran comprados con el fin de convertirse en muñeca, nuestras abuelas eran quienes las fabricaban y las hacía cobrar vida.

Las muñecas de mi madre evidentemente ya fueron otras, ya eran compradas, y poseían aspecto de niña, más próximas a mis muñecas pero aún así muy diferentes. Recuerda en especial a la famosa Mariquita Pérez y a la muñeca Pepona. Esta última estaba hecha de cartón, era rígida y poseía un aspecto muy dulce, pero poco le duró ya que se deshizo en su primer y único baño.

“Mariquita Pérez, la muñeca que se viste como una niña”“la muñeca que se viste de verdad”“Mariquita Pérez viste a las niñas desde que se ponen de corto hasta que se visten de largo”“Desde que dejan la cuna hasta que ya son mujeres, las niñas del mundo entero piden Mariquita Pérez”. Estos eran los efectivos mensajes publicitarios que junto con su filosofía de meticulosa semejanza con la realidad, la convirtió en la muñeca preferida de la mayoría de niñas españolas. Mi madre disfrutó de un solo ejemplar de esta muñeca coqueta, y no tuvo oportunidad de jugar con su montón de complementos, tuvo que ingeniárselas para poder cambiarle la ropa. Con la ayuda de mi abuela y de su hermana mayor confeccionó, tejiendo y cosiendo, los “modelitos” para ella.

Recordando estos dos tipos de muñecas, la de mi abuela y la de mi madre, me doy cuenta de que el juego no solo se ceñía a cambiarles el vestuario o fantasear con ellas, también formaba parte del juego el idear y fabricar su ropa y complementos, y no reflejaban modelos de perfección inalcanzable.

Otras muñecas sucedieron a estas, y las generaciones siguientes jugaban con la Nancy, que ya no mostraban un fiel retrato de las dulces niñas, más bien era una chica moderna. Estas nuevas muñecas son con las que comenzó a jugar mi hermana, era la muñeca de moda, se convirtió en la hermana mayor que todas las niñas querían tener o en lo que se querían convertir de mayores. No presentaba unas medidas de escándalo, era más bien maciza, no tenía un cuerpo extremadamente delgado, ni pechos exuberantes, ni rasgos exagerados, era una muñeca normal, un reflejo de la mujer real.

Mi generación sin embargo ya fue víctima del fenómeno de los estereotipos, que alimentan una obsesión por alcanzar unos cánones de belleza imposibles reflejados en las muñecas. Con lo que mis amigas y yo jugábamos era con la Barbie, esa muñeca que marcó un antes y un después en la estética de las muñecas. No había existido antes una como ella. Era una estilizada muñeca con cuerpo de infarto, belleza inhumana, fashion y moderna, características que se fueron convirtiendo en las aspiraciones de las más pequeñas.

Este tipo de “belleza” de las muñecas no debería preocuparnos, ya que no dejan de ser pura fantasía. El problema es la gran repercusión que ejercen sobre sus dueñas, que no son capaces de diferenciar lo alcanzable de lo inalcanzable.

A raíz de esta nueva estética, que continúan las muñecas actuales como las Monsther High -a pesar de venderse como “monstruosas”-, se ha credo un nuevo grupo, las preadolescentes, que se encuentran entre los 8 y 12 años, edad que antes simplemente era considerada de niñas. Ellas se ven deslumbradas por las mechas de colores, largos cabellos, ceñidas minifaldas y tops y zapatones de tacón, lucidos en cuerpos esqueléticos, lo que provoca en ellas la necesidad de imitarlas y hacerse “chicas” de forma precoz.

¿De quién es la culpa? Por supuesto que de los niños no, y  yo considero que de los padres tampoco, ya que estos no pueden criar a sus hijos dentro de una burbuja, por lo que se verán influidos por los medios y se verán absorbido por la sed insaciable del consumismo. Considero que las empresas jugueteras deberían reflexionar sobre el efecto que provocan en las niñas las estética de sus muñecas, y volver a caracterizarlas con un toque más dulce, inocente e infantil, adaptadas a la edad de sus consumidoras.

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