Cine/Imagen

El espectador del siglo XXI

Desde el nacimiento del cine, la mentalidad del espectador ha sido un factor determinante para la fórmula con la que se presentaban las producciones cinematográficas ante él. No valía cualquier tipo de historia ni tampoco cualquier punto de vista para relatarla. Se trataba de una sociedad puritana, en la que las propuestas, en un principio sólo visuales, tuvieran una carga moralizante. Cuando empezaron a sucederse escenas de carácter más violento y poco éticas para aquellos tiempos, fue cuando surgió la censura. Pero este concepto de censura no era el mismo que el de la actualidad, más bien se podría decir que el espectador de antaño agradecía la ausencia de ciertos contenidos explícitos, aunque no de todos.

Por el contrario, el espectador del siglo XXI, mayoritariamente menor de 30 años, no concibe, por lo general, una película sin que incorpore escenas de violencia extrema, sexo explícito o protagonistas de belleza exuberante. La aceptación generalizada de este tipo de contenidos ha provocado, en mi opinión, que el cine no salga enriquecido cualitativamente sino que, por el contrario, haga primar el factor espectáculo sobre el de calidad. Creo que no es un error afirmar que este espectador tiene una mentalidad más fría, oprimiendo el sentimentalismo y buscando nuevas fronteras que ahora sí le ofrece el cine. Este cambio no es causa de una evolución natural del espectador sino del  propio cine que nos ha dirigido por esa nueva vía. Cuanto más contenido se nos ofrezca, más le picará la curiosidad al espectador y más ganas tendrá de ver la película. Ya no importa que el guión sea de calidad, interesa que el público vaya al cine para visualizar contenidos que deleiten nuestros sentidos de un modo inimaginable en nuestra sala de estar frente al televisor.

La supuesta caída del número de espectadores en la última década ha propiciado el auge de las películas con fastuosos efectos digitales así como la popularización, que no invención, del 3D, empezando por la taquillera Avatar (2009), cuyas nominaciones a Mejor Película y Mejor Director en los Premios de la Academia de 2010 resultan irrisorias. La espectacularidad visual y sonora ha afectado en gran medida a buena parte del cine actual. No quiero decir con esto que el espectador de hace medio siglo no persiguiera este fin, pues los efectos especiales o los grandes decorados siempre han cautivado al gran público; algunas de esas películas mantenían un equilibrio con la calidad, empezando por cintas tan alejadas en el tiempo como El nacimiento de una nación (1915),  Lo que el viento se llevó (1939) o E.T. el extraterrestre (1982), mientras otras buscaban el mero entretenimiento. Incluso, aquellas proyecciones de trama más elemental y comercial incorporaban mensajes moralizantes, potenciando las virtudes del ser humano, como el amor, el respeto o la unión entre personas (Poltergeist (1982) y El terror no tiene forma (1988)). Sin embargo, el cine actual ha pervertido al espectador de tal forma que le ha hecho creer que una película de hace más de 10 años está anticuada. Hasta los años 80 eran frecuentes las reposiciones de los clásicos en las salas de cine, con una buena respuesta en taquilla. Actualmente, hay una propensión cara a los grandes efectos, al morbo por la violencia extrema y a la utilización de actrices explosivas que venden sus curvas revestidas de cuero en películas de superhéroes.

Existe una falta de equilibrio entre estética y contenidos, y a pesar de que tradicionalmente se dice que es el espectador el que transforma el cine, yo diría que es más bien al contrario. Las nuevas generaciones son como son no porque nacieran así sino porque se las ha educado para que piensen de esa manera, y en ese papel formativo el cine y toda propuesta de ocio tienen mucho que decir.

Por todo lo anteriormente expuesto, concluimos que el nuevo espectador del siglo XXI responde al perfil de una persona que prescinde cada vez más de los sentimientos, de la moralidad y de un cine que, tradicionalmente, se ha considerado de adultos. Se trata, pues, de un espectador que ha mermado su capacidad para valorar la calidad cinematográfica. Lejos de querer generalizar, hoy en día también hay buenas propuestas, pero cada vez es más complicado que éstas lleguen al gran público o que se conviertan en fenómenos de taquilla. Mientras que en el año 1942 Casablanca se transformaba en un fenómeno de masas instantáneo sin por ello prescindir de un guión de gran calidad, en los tiempos que corren The Artist se ha conformado con ganar el reconocimiento merecido en los festivales de cine.

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Un pensamiento en “El espectador del siglo XXI

  1. Muy correctamente escrito, y estoy de acuerdo en que el cine modela al espectador; eso ha pasado desde su invención. Pero no creo que el problema haya sido ni sea el contenido: la gente tiene que tener su propio criterio, tiene que pensar cuestionándoselo todo y no dar como válido automáticamente todo lo que se le presenta. ¿Esto que me aporta?? ¿Yo interpreto que me da derecho a ser violento, o más bien a que evite la violencia? Me dice que la mujer debe ser sumisa al marido, ¿lo acepto, sin más, o compruebo reflexiva y experimentalmente si eso es ético o no? El problema en el fondo está en el espectador.
    Claro que el cine, entre otras cosas, nos ha educado así, pero eso es porque hemos querido, porque nuestros mayores han querido. Desde siempre, a la mayoría de cada individuo nos es más fácil acomodarnos a lo que se nos da, nos guste o no, a lo que nos entra por los ojos, sin protestar; es como si nos diese vagancia. Hablo de individuos, uno por uno, así que no pensemos ya cuando los encontramos reunidos en esas masas, ese rebaño. Por eso la persona, el espectador, al que le incomoda lo que ve, o si lo ve de otra manera, es tildada de “rarita”; un individuo que no encaja en la masa y que, por suerte, es de esos que no se deja absorber por ella, sin convertirse en uno más.
    Ya digo, más que el cine, somos nosotros. Si nos negásemos a pagar y a apagar ciertos medios, ciertos programas, estoy segura de que acabaríamos con tanto desvergonzado. ¿Porqué acabó Operación Triunfo? Es obvio. ¿Por qué continúan los Simpson? Los Simpson se mantienen por la misma razón por la que se mantiene el dichoso Sálvame, el dichoso y corrupto fútbol: se ve. La clave somos nosotros, punto.

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