Cine/Otros

Tarantino Unchained

El 25 de diciembre de 2012 llegó a las salas de cine estadounidenses la última y polémica película de Tarantino. Una polémica que incrementa y estimula la promoción y genera una mayor expectación. Sus detractores le acusaban, entre otras cosas, de frivolizar con la esclavitud y de un inoportuno exceso de violencia con su Django Desencadenado. 

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Como ha dicho el crítico Javier Ocaña: “Tarantino en su obra decide recoger materiales hoy en día no considerados productos de alta calidad y convertirlos en verdadero arte”. Ya lo había hecho anteriormente con el blaxpoitation en Jackie Brown, el kung-fu en Kill Bill o el grindhouse en Death Proof. En esta ocasión ha dedicado el homenaje al western. En la que sabe combinar la fidelidad al género y la fidelidad a sí mismo. Le otorga por primera vez a una película de estas características unos diálogos muy elaborados, tan propios de su cine (le reportó el Óscar al mejor guión original).

La persona que desee ver un western “clásico” no debe ver Django. Tarantino crece y aprende del cine en un momento en el que surge el western crepuscular; con palabras textuales de Lyotard en la Condición Postmoderna: “el antiguo héroe se transforma en un ser prehistórico en plena mutación, en un hombre perdido en donde comienza su desarrollo personal. Ya no hay acción grandiosa, no conserva sus grandes dotes. Presentan la aventura desinteresada de la que no se saca ningún provecho salvo la propia satisfacción de seguir viviendo. También está presente, incluso, la idea de perder la vida”. Lyotard nos presenta un estado de cultura después de transformaciones que han afectado a las reglas del juego, de la ciencia, de la literatura y de las artes del siglo XIX. Aparece la heterogeneidad de los elementos. Durante el desarrollo de la obra de Tarantino, los personajes deben escoger entre la independencia y la solidaridad, el sacrificio y la supervivencia. No son esos héroes incorruptibles e invariables a lo largo de todo un film. La película, desde un primer momento, es concebida a la manera de spaguetti western (no llega a ser crepuscular pero pertenece al mismo género) y deja claro que se aparta del carácter épico que tenían las películas de John Ford o de John Houston. Tarantino aborda un tema particular, la esclavitud de los negros, sin embargo, no le interesa ese gran relato de hazañas heroicas. Propone su historia como algo singular al realizar un western en el Sur prebélico y con un personaje protagonista negro en medio de todo esto. Emplea los tópicos del cine del oeste pero dentro de la América sureña.

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Tarantino en sus obras pretende que el espectador se burle o se ría de cosas que no son graciosas. Utiliza recursos como el de la exageración, de tal modo que al llevar el código hasta el final, de forma involuntaria, convierte lo serio en paródico. No parece su intención la de presentar una comedia sino la de caricaturizar la de un género serio.

 Tarantino posee su propia estética, un estilo propio y  singular, perfectamente reconocible, y apreciado por muchos espectadores. Quien  quiere ver a Tarantino busca energía, fuerza, ritmo, una banda sonora medida y oportuna, diálogos impertinentes, ironía y violencia. Una violencia incluso gratuita. Tarantino siempre complace o se supera. Elvira Lindo habla de la violencia de sus películas y se pregunta qué aporta a la historia de la esclavitud en Estados Unidos: que nadie espere de Tarantino, una secuela de Arde Mississippi de Alan Parker o un Lincoln como el de Spielberg. El espectador que rechace lo políticamente incorrecto debe escapar de ver una obra de Tarantino. El cineasta insiste en presentar su película como una muestra del western con su propia versión del género y todos los rasgos habituales de él mismo. Tarantino destruye los códigos de los géneros y realiza un juego intertextual de contraste, algo totalmente postmoderno. Nunca deja indiferente, cuenta con una legión de fans y aficionados que esperan con emoción e interés nuevas películas. Aman su capacidad de parodiar y subvertir los valores. Como se preguntaba el crítico de cine Jordi Costa: “¿es excesiva la película de Django? totalmente, no sería Tarantino”.

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