Filosofía/Fotografía/Redes

Todo el mundo puede crear imágenes

Desde que en 1839 el francés Daguerre patentase el daguerrotipo, el hombre ha intentado plasmar e inmortalizar cada uno de los momentos más representativos de su vida. La aparición de los aparatos técnicos trajo consigo una obsesión por parte del hombre de guardar un registro estructurado de su historia para poder dejar constancia de ella tanto en su propia memoria, como en la de todo aquel que la observase. Podría decirse que, históricamente, las imágenes han constituido un acto de creación propio del ser humano para orientarse en el mundo en el que vive, caótico, en el que nada se repite y todo acarrea consecuencias. Esta es la principal diferencia con la fotografía. La reducción de las cuatro dimensiones de espacio y tiempo a las dos de la superficie, la capacidad de ojo de abstraer y de reproyectar lo que absorbe del exterior en símbolos reconocibles, es lo que se llama el mundo de la magia, aquello que nosotros mismos inventamos para, teóricamente, movernos por el mundo.

Pero de esto ya ha pasado más de un siglo, y como era de esperar en la vertiginosa sociedad en la que vivimos, la creación de imágenes se ha puesto de moda, siendo una posibilidad al alcance de todos. Es el propio carácter mágico de las imágenes en el que nos incita a hacerlo, la comodidad de librarnos de un trabajo de comprensión conceptual para utilizar únicamente la imaginación. De esta forma, comprendemos un conjunto de símbolos abstractos representados en una superficie con un solo golpe de vista, ya que gracias a estas imágenes la cultura humana acaba convirtiéndose en un código único. Siendo un poco crítica y convenciéndome con textos de teóricos como Vilem Flusser, podría decir que estas imágenes que hoy podemos ver en todas partes están desfigurando el mundo en vez de representarlo. Estamos olvidando que fuimos nosotros mismos los que creamos las imágenes para movernos a través de nuestro universo, dejamos de descifrarlas, para vivir en función de ellas. En medio de la revolución de los medios del siglo XXI hemos vuelto a caer en una especie de “idolatría”que nos hace vivir en una alucinación colectiva.

Pero, realmente, ¿hasta qué punto esto puede considerarse malo? Actualmente las imágenes son una forma de arte y afición popular. Todo es susceptible de ser capturado, desde el delicioso plato de tortitas que desayunaste ayer, hasta el paisaje lluvioso que ves desde la ventana de tu habitación. La aplicación Instagram es el ejemplo más cercano de la democratización de la fotografía, utilizado por más de 100 millones de personas, pero no el único. Anteriormente ya habían existido multitud de plataformas y herramientas que nos permitían dar a conocer todo aquello que creíamos merecía la pena, de manera directa, y sin mayores complicaciones mediáticas. Lo único que hay que hacer es fotografiar lo que en ese momento a uno le apetece, pasarlo por un par de filtros y modificar sus marcos y contornos para darle un aire más “vintage”, y ya está, después de subirlo a la red todos podrán saber en que fragmento del universo has puesto tus ojos esta vez. ¿Por qué tanta crítica entonces? ¿no era la intención del hombre inmortalizar los momentos más representativos de su vida y dejar constancia de ellos? Básicamente esto es lo que estamos haciendo, con la diferencia de que las facilidades para crear imágenes son mucho mayores ahora que hace unos cuantos años. No es que hayamos olvidado que fuimos nosotros quienes comenzamos a capturar pequeños momentos que llamaron nuestra atención para guiarnos por el mundo, si no que cada vez hemos tenido que hacerlo de forma más intensa. El mundo que nos rodea se nos hace cada vez mas caótico y frenético, incluso puede llegarnos a parecer abstracto e irreconocible. Más que nunca la necesidad de plasmar ciertos detalles que nos rodean viene dada por la falta de guías con las que orientarnos. Las imágenes se han convertido en modelos, cuya intención es hacer de nuestro mundo algo imaginable y experimentable. Hemos conseguido llegar a un nuevo nivel de conciencia en el que gracias al carácter mágico propio de lo imágenes llegamos a concretar lo abstracto del mundo mediante un trabajo de imaginación.

Está claro que la fabricación de imágenes al alcance de todos ha conseguido ayudarnos a comprender mejor el mundo que nos rodea, ¿cuál es entonces el problema? Posiblemente la razón resida en el hecho de que la disciplina de la fotografía, como arte, ha dejado de estar en manos de unos pocos especializados para pasar a formar parte de la cultura de masas, y esto, obviamente, molesta a unos cuantos elitistas de nuestra sociedad. Aplicaciones como Instagram no solo nos brindan la posibilidad de subir fotos a las distintas redes sociales desde nuestro teléfono móvil, sino que nos invitan a jugar a ser artistas. Disponemos de multitud de filtros y marcos que retocan automáticamente nuestras fotografías, dándole ese toque “artístico” y clasista que, en el fondo, todos buscamos. En definitiva, estamos entrando en un proceso de democratización del arte que nos hace perder la capacidad de distinguir entre lo bueno y lo malo, ya que las fotografías, aparentemente profesionales, nos rodean por todas partes. Fotógrafos como Kate Bevan aseguran que el uso de filtros baratos están degenerando la fotografía real, que según él, requería un cierto nivel de habilidad y, por tanto, tenía un cierto nivel da calidad. Pero si lo que conseguimos con estas nuevas tecnologías es aquello para lo que las imágenes realmente fueron creadas, guardar un registro de nuestra historia para dejar constancia de ella, ¿por qué tanto problema en “poner bonito” fragmentos de nuestro mundo que últimamente parece volverse desagradable a nuestros ojos?.

La popularización del arte siempre ha molestado a los elitistas, y como Teru Kuwuyama dijo: se podría hacer una analogía con la llegada de la guitarra eléctrica o la música electrónica. Para gran disgusto de los músicos clásicos, esas cosas hicieron un músico de todos. Yo me crié en el punk rock, en el hip-hop, por lo que doy la bienvenida a la era post-clásica de la fotografía y la explosión de expresión de los aficionados.

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