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La excusa de Cthulhu

Este mes se cumplen 76 años de la muerte de Howard Phillips Lovecraft, genio y figura de los géneros literarios de terror y ciencia ficción.

Poco (o nada) hay que podamos contar nuevo sobre él. Su relativamente corta vida y el excéntrico fanatismo con el cual es ensalzado por todo cultureta que se precie hacen de él una figura manida en conversaciones, referencias, charlas, discursos, canciones, intervenciones, ensayos, novelas, películas, series, documentales y muchas otras formas de perder el tiempo.

Aunque el pobre Howard siempre ha estado a la sombra del considerado el más grande. Edgar Allan Poe, patriota de Arkham.

¿A la sombra? ¿O por encima de él?

El debate “Lovecraft vs. Poe”, cuál de los dos es mejor, cuál de los dos es peor, es un tema de discusión muy extendido desde siempre. Son considerados los dos maestros en su género. Algunos abogan por incluir a Stephen King como tercer elemento de la ecuación. Contestaré brevemente a los que me echen en cara no haber mentado al escritor de Portland: no me hagan reír.

Pero, ¿existe debate? Bueno, existe todo lo que queramos hacer existir, por desgracia o por fortuna, en materia de discusión. ¿Beethoven o Mahler? ¿Caravaggio o Rothko? ¿Empalamiento o emparedamiento? Todas estas preguntas tienen algo en común. Que son estúpidas desde el momento en que se intentan contestar de manera objetiva.

Decía Boris Grushenko que el subjetivismo es objetivo. Sí, y el relativismo relativo. Y las naranjas azules, y verde que te quiero verde. Permítanme, si no es muy desconsiderado por mi parte, parafrasear a Fernando Fernán Gómez cuando decía aquello de “¡A la mierda!”. En mi caso, no con un gesto tan furioso, pero sí aquejadamente frustrado.

Verán, yo soy contrario a ese tipo de debates, a proponer esa problemática. No porque no exista, sino porque no existe la verdad absoluta. Yo suelo llevar a cabo esos debates. Procuro que sea con gente inteligente, gente que me pueda aportar algo. Porque lo que busco es aprender, no tener la razón. Porque, ¿quién la tiene?

Siempre se intenta poseer la verdad. Ya sea con listas de los mejores guitarristas de la historia que publica la Rolling Stone o con la “Lista de las 500 películas que debes ver antes de morir”. Demonios, ¿a mí qué me importa todo eso? La mitad de esas películas son un coñazo. Tienen valor patrimonial documental y testimonial. Los valores patrimoniales más aburridos.

Se puede decir “a mí me gusta más Lovecraft” o  “a mí me parece mejor Lovecraft”. Pero no “es mejor Lovecraft”. Bueno, poniéndonos libertarios sí se puede decir, pero cada gilipollas con sus gilipolleces.

Quiero que alguien me explique, por el amor de Dios lo pido, lo imploro, que alguien me saque de esta terrible ignorancia, por qué demonios nos empeñamos en establecer cánones universales que ordenen y controlen de forma casi funesta la “calidad” de las cosas. ¿Por qué no dejamos que la cultura fluya como un río y pescamos los peces que a nosotros nos apetezcan sin que los demás pescadores nos insistan en que vayamos solo a por los salmones? El salmón está bien, está muy bien. A mí me encanta. Pero todo acaba cansando. Ya sea el mentado pez, una canción, una película o lanzar una pelota de tenis contra una pared.

¿Quién es el mejor guitarrista de la historia? Jimi Hendrix. ¿Cuál es el mejor grupo de la historia? Los Beatles. ¿Quién es el mejor escritor de la historia? Shakespeare. ¿Quién es el mejor pintor de la historia? Van Gogh. ¿Quién es el mejor cineasta de la historia? Hitchcock.

Todas las respuestas dadas a esas preguntas son aceptadas como válidas. Y, personalmente, no creo que reflejen la realidad. Lo que sí reflejan es la opinión general. Y la opinión general no muestra el conocimiento de una mayoría cultivada y coherente. La mayoría, a veces, recuerda a la minoría silenciosa de la que hablaba Arrabal con unas copas de más. Católica, fea y sentimental. Sobre todo en este país. Es una masa fanática, onanista, autocomplaciente y conformista.

Puede que el problema sea la buena consideración que las personas, los entes individuales, tienen de esa opinión general. Quizás sea el pensamiento democrático en base al cual se ha criado a la sociedad occidental durante los últimos cien años de forma imperceptible pero contundente. O quizás es, simplemente, que la mayoría somos imbéciles.

La democracia favorece a la mayoría de los que participan en ella. Se considera más justa en contraposición, por ejemplo, al absolutismo, el cual favorece tan solo a unos pocos. Pero existen minorías. Minorías en desacuerdo. Minorías a las que no nos gusta lo mismo que a los demás, o no todo al menos. Y nos miran con asco. Nos miran con desidia, sin intentar comprendernos. Porque no les importa. No les importa lo que pensemos. ¿Acaso nos debería importar a nosotros lo que piensen ellos entonces? No, no debería. Pero estamos dentro de su red, y sus miradas putrefactas, su moral, su ética, sus votos vacíos nos perjudican a todos.

Si tiene sentido afirmar que Woody Allen es bueno porque le gusta a la mayoría de la gente y te tildan de rarito si no te gusta, esgrimiendo argumentos tales como “no entiendes su obra” o, de forma más sutil, “no tienes ni puta idea”, ¿por qué no considerar a Justin Bieber, Ken Follet o Adam Sandler adalides de la cultura? Por ventas, por número de fans, por esa mayoría a la que agradan las obras de estos tres engendros.

Bien, después de haber tomado como pretexto al desdichado Lovecraft para llevar a cabo esta disertación sin sentido alguno, entrego las armas como antaño hiciera Vercingétorix a los pies del César. Con resignación.

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Un pensamiento en “La excusa de Cthulhu

  1. “Siempre se intenta poseer la verdad. Ya sea con listas de los mejores guitarristas de la historia que publica la Rolling Stone o con la “Lista de las 500 películas que debes ver antes de morir”. Demonios, ¿a mí qué me importa todo eso? La mitad de esas películas son un coñazo. Tienen valor patrimonial documental y testimonial. Los valores patrimoniales más aburridos.” jajajajajaaaja totalmente de acuerdo. Por otro lado, más abajo hablas de la democracia, los valores generales, el canon general, vamos; también me siento identificada, y es algo que tengo que aprender a cambiar. Al contrario que tú, no tengo esa inteligente facilidad y esa graZia a la hora de mojarme. Me encantó

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