Moda/Psicología/Publicidad/Sociología

La insoportable levedad del no ser

La Moda, ese arte indiscutible que a diferencia de la Música cuenta con otra clase de Patéticas muy diferentes a las de Beethoven o Tchaikovsky. Nada tiene que ver lo que se modela en las pasarelas con lo que se estila en las calles. En estas las normas son distintas y los códigos llegan muchas veces de sitios totalmente independientes a la Moda. Para empezar tenemos que tener claro que la Moda nada tiene que ver con las modas. La ropa y la estética nos importan tanto porque son  de alguna forma un cobijo elitista, un cascarón en el que te sientes parte de un algo, a veces incluso donde te ves aceptado por una sociedad que concibe la apariencia como un certificado de valor moral o como particularmente me gusta llamarlo de inteligencia artificial. El problema no es la apariencia repito, pues esta es parte de nuestro ser tanto como el ombligo y el cordón umbilical del que se alimenta es la estética de los “yo fui el primero que…”, la que nos rodea, la que nos hace creer que pertenecemos a esa tribu o a esa tendencia y nos exime de la culpabilidad de estar solos en un vacío social e institucional. Oscar Wilde, nadie podrá negar que fue un genio en la apariencia y un pionero en eso del dandismo, dijo que  “nada es tan peligroso como ser demasiado moderno; Corre uno el riesgo de quedarse súbitamente anticuado”.

Esta frase profética se ha hecho realidad en nuestros días en los que lo denominado “cool” roza la supina absurdidad. Pero para llegar a la completa absurdidad tenemos que pasar antes por un camino contracultural que ha sido deliberadamente estigmatizado gracias al campo del consumo indie, a las nuevas tecnologías y sobre todo al capitalismo. En cierta medida el mundo underground en el arte siempre tuvo iconos de modelos estéticos, personajes estrafalarios que marcaron tendencias o en su contrario fueron denigrados por su forma de vestirse o actuar. Podemos imaginarnos a Allen Ginsberg en su mundo contracultural y afectado leyendo sus poemas bajo sus gafas de quevedo o de pasta negra que le dan ese aire de intelectualidad que tanto ansiamos  conseguir actualmente, y es que nunca hasta ahora se llevó tanto de moda ese aire petulante y bohemio. Aquí comienza el camino de la moda absurda, que como todas cuenta a su vez con distintos tipos de categorías, podemos concebir que actualmente se lleven de moda las gafas retro olvidando nuestra niñez  miope en la que luchábamos por deshacernos de ellas. Personalmente intente parecerme a Woody Allen en algún momento de mi vida con el merecido pretexto de que es necesario tener problemas de visión para ser una “poser”, antes de sucumbir a los encantos de la cirugía oftalmológica. Pasar de ser un nerd a un intelectual prematuro solo con ponerte unas gafas de pasta debería ser el eslogan de todos aquellos que las utilizan sin tener la necesidad. Y no sería tan descabellado pensar que en un futuro no muy lejano podamos ver gente con audífonos o con brackets. Claro que si lo pensamos mejor no tenemos un referente retro de estos, seguro que si Beethoven hubiese usado audífono y no fuese esa especie de corneta que se llevaba consigo a todas partes a más de uno se le daría por crear tendencia con ello.  Esto es uno de los muchos ejemplos que podríamos poner de la absurda apariencia. Pero no solo se trata de complementos de la moda que se desvirtúan sino que estos pertenecen a otro tipo de tendencia actual. Se trata de los nuevos bohemios, que miran nostálgicos al pasado, atreves del gusto por lo retro y lo vintage y ese aire de “pobre complicado” en el que se gastan grandes cantidades de dinero en no parecer ricos, de acuerdo con David Brooks e su libro “Bobos in Paradise”  esta nueva tendencia a la hora de aparentar ser un bohemio nace de tres claves, el espejo de lo vintage en la rebeldía de los años sesenta, el afán de éxito estrafalario de los ochenta y por supuesto la explosión tecnológica de los noventa.

Es como si inadvertidamente pasasen sobre nosotros unos códigos de conducta que nos obligasen a introducirnos en este mundo de artificio en el que sobre todo las empresas textiles recrean a sus maniquíes como personajes en una película de Woody Allen, rodeados de cámaras lomográficas y libros de Kerouac. Cuando eres pequeño temes ser distinto que los demás, cuando vas creciendo intentas serlo por todos los medios, hasta que los medios te eligen a ti para participar de su gran plan de consumo en el que pasas de sentirte especial y con un gran gusto de la estética y el arte por comprarte un vestido en una tienda vintage a parecerte a una ama de casa de los años cincuenta.

Los estereotipos que se reproducen en base a esa “Bohemia moderna” vienen acompañados de un manual debajo del brazo, en el que te aconsejan que libros leer, que películas ver y que discos escuchar; es fácil y sencillo y sin la preocupación te tener que aprender por ti mismo y por tu inusitada curiosidad que escarbando ha llegado al inframundo de la cultura. La moda en este caso es la gran engañada. En conclusión, pensar en la masa humana es pensar en el humano medio, la excepción se encuentra desde los intelectuales a los más analfabetos, la mitad es la mayoría, el dorado término medio. Y es ahí donde nos encontramos y también es donde se encuentra el gran mercado.  Pero a nadie le gusta pertenecer a esa aburrida masa, la apariencia entra aquí a formar parte del juego, a maquillar una elaborada imagen que destaca por encima del resto. Esto no es nada nuevo, ya lo veíamos en el siglo siglo XIX, gracias a una serie de artículos publicados por Thackeray bajo el título “The Snobs of England by One Themselves”. El sentido moderno de la palabra que indicaba ese deseo de aparentar la pertenencia a una clase social superior.

Por tanto la actitud hacia lo comercial será negativa y por el contrario se intentara establecer un vínculo con lo “menos aceptado”. Pero no solo se trata de un deseo de apariencia externa, pues en el mismo ser reside esa capacidad, podemos verlo por ejemplo en el discurso de  Eric Fromh en El Arte de Amar “…De este modo, dos personas se enamoran cuando sienten que han encontrado el mejor objeto disponible en el mercado, dentro de los límites impuestos por sus propios valores de intercambio”.

Hablamos de un refugio intelectual pero no lo es.

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2 pensamientos en “La insoportable levedad del no ser

  1. lo de Beethoven y su corneta jajaa pues no te digo yo que puede que algún día nosotros lleguemos a usarla igual que usamos las gafa-pasta, por creernos algo intelectuales XD Me gusta eso de “bohemia moderna” y, por supuesto, la última anotación en referencia al amor. Realmente interesante

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